Historias de luto y fiesta en el apeadero de La Macetúa ¡Si las vías hablaran!

Manuela Caballero González

En agosto de 1864 hacía su entrada la primera locomotora en la Estación de Ferrocarril de Cieza. Tras muchas vicisitudes se estaba poniendo en marcha la línea construida por la compañía MZA, que partiendo de Chinchilla llegaría hasta Cartagena. En ese trayecto atravesaba muchos pueblos, Hellín, Calasparra, Minas de Cehegín, Abarán, Alcantarilla, entre otros muchos. Además de las Estaciones se construyeron apeaderos, instalaciones ferroviarias que permitían el acceso de los viajeros a los trenes, pero sin la gran infraestructura que precisaban éstas.

En el tramo de vía férrea entre Cieza y Calasparra existe todavía uno que conoció mejores tiempos, el apeadero de la Macetúa, que toma su nombre del paraje donde está enclavado. En la actualidad podemos apreciar que en dicho paraje proliferan los cultivos de árboles frutales, pero para hacernos una idea de cómo eran las tierras que rodeaban a la pequeña estación, podemos recurrir a la descripción que el poeta Vicente Medina hace de él en su Patria Chica: “En los secanos cuyas tierras son fuertes, es donde más se dejan sentir los desastrosos efectos de la sequía. Tales son en la parte de Cieza los parajes Venta del Olivo, Fuente del Judío, extensas llanuras de Cajitán, La Herrada, El Horno, La Macetúa, El Quinto y el Madroñal”.

Estas instalaciones daban un servicio importante a las poblaciones, influyendo en el desarrollo y expansión del tren, medio de locomoción que revolucionó tanto la industria como el transporte de personas y mercancías. En nuestro caso dio buenos servicios a los trabajadores de la localidad y alrededores que se desplazaban por este medio a las fincas ubicadas en esos parajes, así como a los viajeros que llegaban hasta allí por los pésimos caminos vecinales que unían Cieza con el suburbio de la Macetúa.

 A día de hoy se ha convertido en uno de los puntos claves para admirar la floración de esos árboles frutales, siendo motivo de bellas fotografías y comentarios nostálgicos sobre su abandono y paulatino deterioro cuando su función dejó de ser considerada necesaria. Las decisiones con connotaciones económicas o logísticas lo dejaron varado junto a las vías, viendo pasar sin detenerse lo que en un tiempo hizo de él un hervidero de vida.  Porque este edificio fue mucho más que un simple punto de intercambio y tiene muchas historias, como tantos otros a lo largo de nuestra geografía que han perdido el tren, y que sin duda podrían haber tenido alguna utilidad.

En este pequeño artículo tan sólo he recogido algunos episodios, unos alegres otros luctuosos, que un día llevaron a nuestro apeadero a salir en la prensa, vivencias que conoceremos como si retrocediésemos en el tiempo, imaginándonos ser los ciezanos que leyeron estas noticias hace más de un siglo. Concretamente una de ellas servirá para subir a un tren de la época, recrear el trayecto, conocer una finca cercana al apeadero y saber cómo se divertía un grupo de jóvenes ciezanas de familias acomodadas muy conocidas en la localidad.

Agosto de 1874. En el Juzgado de Cieza se cita a quienes tienen derecho a los efectos “que han quedado a la muerte desgraciada de Abelardo Blanco, de nación italiano” que trabajaba como operario en la vía férrea de esta ciudad. El accidente con fatal desenlace tuvo lugar el 20 de julio al caer desde el puente de La Macetúa según nos cuenta La Paz de Murcia.

Febrero de 1900. En las páginas de Las Provincias de Levante leemos que debajo del puente de La Macetúa, entre las estaciones férreas de Cieza y Calasparra, ha sido encontrado el cadáver de un hombre, que el Juzgado ha identificado como el joven Joaquín García Sánchez de 21 años, natural y vecino de Cieza que pertenecía al 11ª Brigada de trabajadores de aquella vía. Según el informe “el referido joven fue atacado de un accidente al pasar el puente” cayendo al fondo del mismo y muriendo en el acto.

Agosto de 1913. La Verdad de Murcia titula: Desgraciado accidente.

“El mixto ascendente alcanzó a un viajero entre La Macetúa y esta estación [Calasparra] el cual murió en el acto. Su nombre era Saravia y se dirigía a esa localidad para disfrutar de una corrida de toros”. No sabemos cómo les fue a los diestros, pero el desafortunado viajero sí que tuvo una mala tarde. Bastantes años después, concretamente en julio de 1944, ocurriría otro importante suceso. Entre las estaciones de Cieza y La Macetúa a la una de la madrugada estallaba la caldera de la máquina del tren correo de Cartagena a Madrid que había salido de Murcia a las diez y cinco, en la terrible explosión murió el maquinista y el fogonero, aunque “no hubo ningún herido entre los centenares de viajeros que ocupaban el convoy” acudiendo los primeros socorros desde las localidades vecinas, entre ellos una ambulancia de Cieza. Según cuenta el Diario Línea pudo haber sido peor ya que de la máquina sólo quedaron sobre la vía los juegos de ruedas y el resto de la locomotora fue lanzado muy lejos, quedando fuera de la vía el coche correo y dos vagones de pasajeros, derribando más de doce postes telegráficos. El caos fue grande y aunque los viajeros fueron trasbordados a otros medios, cerca del apeadero de La Macetúa quedaron detenidos numerosos trenes de mercancías, algunos con frutas y hortalizas frescas mientras las brigadas se afanaban por despejar las vías.

Pero también fue motivo de jornadas alegres, como por ejemplo la excursión realizada el día de San Antón de 1923 por un grupo de jóvenes pertenecientes a conocidas familias acomodadas de la población. Partieron de la Estación de Ferrocarril de Cieza con destino al apeadero, donde pasarían la jornada y creo que por la curiosa y detallada información merece la pena transcribir buena parte del relato que apareció en la prensa, permitiéndonos viajar en tren a La Macetúa en un trayecto que duraba apenas media hora y del que hoy nos separan casi 100 años.

El 21 de enero de 1923 Nueva Cieza publica el relato del viaje:

“Serían las nueve de la mañana, cuando nos reunimos en casa de la respetable señora Dª Ana Pérez, desde donde emprendimos la animada marcha, a la Estación. Llegamos a las diez y mientras esperábamos el tren, bailaron la primera jota las graciosas señoritas Micaela Ros y Carmen Marín-Ordoñez, acompañadas del entonado terceto formado por las señoritas Antonia Pérez, María Durá y Encarna Marín. Telefoneamos a la Macetúa avisando que llegábamos en el lujosísimo tren carreta, y el muy amable Sr. Jefe nos contestó en los siguientes términos: Esperamos impacientes la llegada de las señoritas excursionistas; mi hijo les hará con muchísimo gusto los honores debidos a tan distinguidas beldades”.

Al igual que a los lectores me llamó la atención como sería ese “lujoso tren carreta”. Se denominaban así a los que marchaban a poca velocidad y paraban en todas las estaciones, llamados generalmente mixtos, y en cuanto al lujo nos lo describe nuestra reportera.

 “A las once menos diez nos instalábamos en los confortables coches asientos de cuero repujado, y blandos muelles. Antes de partir el tren, apareció un paisajista, y no encontrando nada más natural que nuestras lindas figuritas, nos hizo unas cuantas fotografías”. Qué pena no tener ese documento. Aunque sí he podido recopilar las imágenes de alguna de ellas, sería interesante recuperar más. Pero sigamos que el tren está a punto de salir.

“También antes de partir, rezamos un padre nuestro a San Antón para que nos protegiera durante el viaje. A las once y veinticinco, el tren se puso en marcha y, sin habernos puesto de acuerdo, entonamos al unísono el sublime himno al Cristo de nuestros amores, terminando con un entusiasta ¡viva! Que salió del fondo de nuestros corazones. Los paisajes que desfilaron ante nuestros ojos durante el trayecto, no es posible describirlos. La frondosa vega ciezana, se dejó ver con toda exuberancia; no paramos un momento de charlar de cantar, hasta las doce menos diez, que dimos vista a la Estación.

El Sr. Jefe y su familia, esperaban en el andén y nos acogieron con una amabilidad sin límites. Enseguida nos dirigimos a la finca llamada “Cabezo Redondo” donde habíamos de pasar el día y para hacer apetito jugamos a la comba, bailamos y empezaron una partida de boli, las señoritas Pascuala Pérez, María Durá, Carmen Marín Ordoñez y Encarna Marín y María de Arce, Josefa Gómez y Enriqueta Moxó y Antonia Pérez resultando vencedoras las cuatro últimas. Terminada la partida la señorita Ramona Rubio, recitó la poesía ¡Pobre María! “.

Detenemos aquí un momento el relato de nuestra cronista para saber qué juego era ese del boli.

Investigando un poco encontramos que es un juego muy antiguo y puede tener otras denominaciones según el lugar dónde se practica, así lo podemos encontrar como Pic, Pala, Pita, Bólit, y digo se practica porque no es cosa del pasado ya que sigue siendo muy popular en muchos países entre ellos España, disputándose incluso campeonatos, concretamente Castellón acoge uno a nivel mundial, como vemos no ha caído en el olvido aunque ya no se vean a los niños practicándolo en la calle como era habitual.

Las herramientas son palas de madera que van sujetas por una cuerda a la muñeca del jugador, el Boli es un trozo de bastón redondo con punta tipo lápiz de olivo o naranjo y una piedra. Hay que contar con un amplio espacio en cuyo centro se sitúa el puesto de “pique” marcado con un cuadrado. Se colocaban dos jugadores frente a frente a unos 10 o 12 metros de distancia. El que restaba decía “boli” y el que servía decía “va” y golpeando con la pala un extremo del cilindro (boli) para que se separara del suelo, lo impulsaba con un golpe hacia el otro jugador que a su vez tenía que devolverlo sin que cayera al suelo. El que fallaba en la devolución perdía el tanto. No estaría mal recuperar antiguas formas de divertirse al aire libre, pero sigamos con nuestro relato, tras terminar el partido.

“De pronto oímos una infantil vocecita que gritaba ¡Mi abuelita dice que ya están los gazpachos! Era Federiquin de Arce, que salía de la casa seguido del colono, con la enorme sartén que colocó en medio de la era, alrededor de la cual nos fuimos acomodando. Fue una comida opípara; se derrocharon con profusión los más exquisitos y delicados manjares al final junto con los dulces y el café, se descorcharon unas cuantas botellas de champagne.

Una vez terminada la comida, emprendimos la ascensión al redondo cabezo que da su nombre a la finca, y allí encendimos una hoguera en honor al santo del día.

Después nos marchamos a la Estación donde continuaron los bailes y jolgorios, hasta que, de pronto nos vimos sorprendidas por la agradable visita de nuestras simpáticas amigas las señoritas de Parra y Brunton acompañadas de sus respectivos hermanos. Regresamos a la finca, donde doña Ana y su hija Dª Josefa Buitrago, hicieron los honores de la casa, obsequiando a los visitantes con una espléndida merienda.

Cuando la noche empezó a extender su manto tenebroso, nos agrupamos alrededor de la gran cocina de campaña, comentando los incidentes de día, hasta la hora de ir a tomar el tren. Las señoritas Josefa Pérez, Isabel Gómez, María Molina, Consuelo Sánchez, Pascuala Gómez y Braulia de Arce, nos distrajeron mucho con sus graciosas ocurrencias. En la Estación, mientras esperábamos el tren, el Sr. Jefe nos invitó a pasar a su casa, organizando en nuestro honor un baile con guitarra y bandurria. Su hija cantó unas jotas con artísticos gusto e ilimitada melodía. Un cuarto de hora después, llegamos a Cieza, dando gracias a Dios por haber transcurrido el día sin ningún incidente desagradable”. El texto publicado en Nueva Cieza es sin duda de una de las viajeras, pero no lo firmó, por lo que no sabemos el nombre de esta reportera en ciernes. La hemeroteca nos ha traído ecos de otros tiempos y le ha dado un poco de vida a esta ruina evocadora que ahora es el apeadero. También nos ha dado a conocer un tiempo en que el tren hacía posible viajar entre poblaciones cercanas de una manera que ahora no podemos disfrutar. No siempre es cierto el dicho “cualquier tiempo pasado fue mejor” pero en algunos casos sería bueno echar la vista atrás y reflexionar sobre si verdaderamente hemos avanzado en ciertas cuestiones o estamos en vía muerta.

Imagen 1.- Apeadero de La Macetúa en la actualidad. Archivo Santos-Caballero

Imagen 2.- Puente en las inmediaciones del apeadero de La Macetúa. Archivo Santos-Caballero

Imagen 3.- Noticia en Nueva Cieza. Archivo Municipal de Murcia

Imagen 4.- María de Arce. Archivo Municipal de Murcia

Imagen 5.- Braulia de Arce. Archivo Familiar

Artículo publicado por Manuela Caballero González en Crónicas de Siyasa con fecha: 14-5-2021, pp.4-5.

Entre la industria, el periodismo y la inventiva: José Gómez Velasco

Pascual Santos López

Tarjeta postal de José Gómez Velasco en 1945. Archivo Santos-Caballero

En muchas ocasiones encontramos pequeños documentos, cartas, facturas, fotos o incluso un simple sello de empresa en un papel, que los historiadores aprovechamos para tirar del hilo de Ariadna. En el caso que nos ocupa tuve la suerte de encontrar una tarjeta postal de la industria ciezana de José Gómez Velasco, remitida a Teruel desde Cieza en enero de 1945 y que ya forma parte de nuestra colección “Archivo Santos-Caballero”.

Por las noticias que hemos podido recabar, la familia Gómez Velasco era la arrendataria del Molino de la Huerta, más concretamente encontramos al cabeza de familia, José Gómez Maquilón, manteniendo un molino y una piedra de moler de 70 decímetros cuadrados, movida por fuerza hidráulica en el paraje de la Huerta, que se alimentaba de la Fuente del Ojo.

Según Antonio Ballesteros este molino también era conocido antiguamente como de la Encomienda o del Comendador. Gómez Maquilón mantuvo en explotación el más conocido por los ciezanos “Molinico de la Huerta” durante toda la década de los cuarenta y posteriormente pasaría a manos de su hijo Juan Gómez Velasco desde 1951 hasta 1959, que aparece en los documentos del Ayuntamiento como “Fallido”, probablemente porque la explotación de los acuíferos de la Sierra de Ascoy secaría la Fuente del Ojo. José Gómez Maquilón fallecía el 7 de noviembre de 1971 en la calle Víctor Pradera, 6 (Edificio Mina). Lo que hoy es la calle José Planes. Acompañado de sus hijos: José, Manuel, Jesús, Juan y Antonia Gómez Velasco.

Volviendo a la industria del esparto, encontramos a José Gómez Velasco manteniendo una fábrica de hilados entre 1944 a 1947 con diez ruedas de hilar en la Avenida del Caudillo. En la actualidad Camino de Murcia. En 1948 aparecen las diez ruedas de hilar de la Avenida del Caudillo a nombre de la empresa “Industrias de Esparto”, pero lo más curioso es que José Gómez Velasco aparece de nuevo con tres ruedas de hilar en la Calle Víctor Pradera entre 1951 y 1957. Eso nos hace pensar que puede que las diez ruedas anteriores fueran arrendadas y al pasar a otra empresa José Gómez luego tendría las otras tres en propiedad, aunque eso no lo sabemos con certeza.

Lo que si sabemos con seguridad es que José Gómez solicitaba en 1944 registrar la marca de su industria “W” para distinguir hilados y trenzados de esparto, siendo sus productos manufacturados todo tipo de cordeles, betas, sogas y trenza de dicha fibra. La marca se la concedían el 5 de diciembre de 1944.

Marca de José Gómez Velasco. Archivo Histórico de la Oficina Española de Patentes y Marcas

Además de industrial del esparto, José Gómez Velasco era funcionario del Ayuntamiento de Cieza y estaba casado con Dolores Lucas Zamora, pues en 1950 la prensa se hace eco del nacimiento de sus dos gemelos y en junio de 1953 de un viaje particular a Marsella, puede que para dar salida a los productos de su fábrica.

Otra de las facetas de José Gómez Velasco era el periodismo, pues lo encontramos como corresponsal de La Verdad en Cieza durante la década de los sesenta y los setenta. Muy querido por sus compañeros periodistas, que le apodaban “Salieri” y publicitaban con regocijo las noticias de su familia, como la boda de su hija Antonia de la Cruz Gómez Lucas, en mayo de 1971, con Jesús Balsalobre Alguacil en la iglesia de San Juan Bosco; o el nacimiento de su nieto Miguel Ángel en octubre de 1976, segundo hijo de su hija María Dolores y Antonio Caballero García.

A pesar de la crisis del esparto José Gómez siguió intentando desarrollar y perfeccionar productos de esta fibra tan ciezana, ya que precisamente el 13 de octubre de 1971 solicitaba registrar patente por veinte años por un “Procedimiento industrial para la obtención de fibras de esparto blanqueada y esterilizada para diversos usos”. Patente que le concedían el 13 de julio de 1973, donde explicaba una forma de blanquear el esparto directamente recogido tras su exposición al sol en la tendida, puesto en haces verticales de un solo atado en cámaras herméticas, se le sometía a los gases del azufre, hasta que se sacaba cuando gracias a una mirilla se veía que estaba blanqueado y esterilizado. Al parecer nuestro inquieto industrial, periodista e inventor estaba enfermo y según la noticia de su fallecimiento, se había jubilado del Ayuntamiento dos años antes, debido a la enfermedad que padecía y aunque no ofrecía extrema gravedad un fallo cardiaco le produjo la muerte en la mañana del jueves 10 de enero de 1980. Triste noticia que causó profundo sentimiento ya que era muy querido en el pueblo. Esperemos que esta humilde reseña sirva para recordar la memoria de este ciezano.

Publicado por Pascual Santos López en El Mirador de la Prensa, 14-5-2021, p. 16.